Esa corriente feroz

Flota entre algunos sectores el sentimiento de estar siendo usurpados. Ese río crecido al que podríamos llamar ‘chavismo’, es recibido como una corriente lodosa que inquieta por la fuerza con que arrastra puentes, familias, instituciones, destruye antiguas amistades, antiguos vínculos. Es un torrente inesperado e inexplicable. Como si ciertos cuerpos y objetos hubieran estado represando las aguas arriba desde hace mucho, hasta que se desbocaron, ganaron fuerza y ahora invaden calles, plazas, edificios y hogares.

Pero en realidad, esa corriente no es un hecho de la naturaleza. Tampoco es producto de una patología compartida, aunque haya quienes gustan de ver al chavismo de esa manera, como una masa irreflexiva, arrebatada, trastornada. Una convención de individuos entregados a sus bajas pasiones, al goce de maltratar, amenazar, odiar, someter, convertidos a su pesar y sin saberlo en instrumentos al servicio de otra cosa.

Cuando se manifiestan en plazas públicas en San José, también hay quienes gustan de hacerlos ver como gente torpe, incapaz de articular dos palabras frente a un micrófono, demasiado cortos de entendimiento. Alguien escribió que parecían una “turba de orcos”. Otra dijo que eran “gente sin valores” y alguien que “en el Chapuí los tendría amarrados/as a todos/as”. Otro más publicó que su amigo “se volvió tonto”.

Llamémosle a esto la teoría de la inferioridad moral e intelectual. ‘chavestias’, ‘chavestruces’, ‘chavernícolas’ a merced de un patán autoritario, timador y obsceno. Una forma de vulnerabilidad social aprovechada de forma vil por Rodrigo Chaves y su círculo. Esa interpretación, algo arrogante, tranquiliza. Muerte al perro, y las aguas regresarán a su cauce.

Hay otra forma de pensarlo, haciéndonos preguntas con las que algunos sectores pueden sentirse incómodos ¿Cómo son esas vidas, cómo les ha tocado atravesar el colapso social, ambiental, institucional y cultural al que nos hemos visto empujados? ¿Cómo hacen para vivir, e incluso para querer vivir? El chavismo tiene el aspecto de una congregación de vidas que se consideran a sí mismas como fracasadas, arrojadas a los bordes, piezas que no encajan en ninguna parte. Soledades llevadas al límite por el mandato de rendimiento y felicidad, consumo y trabajo, encierro y planificación.

Este estado de malestar se venía gestando desde mucho antes de estos tres largos años. Es el subproducto inevitable y acumulativo de las prácticas a las que parecemos estar acostumbrados, pero que se sedimentan en los bajos fondos de nuestra cotidianeidad como fatiga, compulsión, tristeza, ansiedad, abandono a los otros y a sí mismos. Y violencia, rabia. Llegado a un punto, ese malestar silencioso es una corriente feroz que necesita salirse de sus cauces, a como dé lugar. Este chavismo social, llamémoslo así, venía creciendo desde mucho antes del 2022.

Chaves y su círculo solo tienen el mérito de haber interpretado ese momento y de capitalizar para su provecho algunas viejas narrativas que señalaban a lo público, a los progres, mandos medios, feministas, catedráticos, partidos políticos, sindicatos, ambientalistas y a algunos otros ‘ticos con corona’ como responsables de aquel estado de malestar. Parásitos e indolentes. Son los imputados que construyó el neoliberalismo para mantener a las élites económicas a salvo, sin que se diga una palabra sobre ellas. Porque finalmente de eso se trata. Entre quienes se dicen de la oposición también figuran algunos de los responsables de alimentar esa representación. Medios de comunicación, representantes políticos, cámaras empresariales, ayudaron a convertir el malestar en odio.

¿Será posible disputar ese espacio? Yo pienso que sí. La adhesión de esa corriente al liderazgo de Chaves no es un destino necesario, sino sólo una ruta posible, contingente, reversible. Pero para lograrlo habría que prestarle menos atención a la conferencia del miércoles y abandonar aquella teoría de la inferioridad de los ‘chavernícolas sin valores’, ‘turba de orcos’, ‘amigos tontos’.

Habría que pensar por un momento, más allá del programa, de las preocupaciones manifiestas, de las soluciones cajoneras, y construir una narrativa, una nueva interpretación para ese mismo malestar profundo, silencioso y compartido, y una épica capaz de redirigir la corriente, para que arrastre lo que verdaderamente urge de ser arrastrado.

 

 

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