
El actual proceso electoral ha puesto al descubierto las severas carencias que nuestra institucionalidad democrática ha venido arrastrando hace décadas. La implementación desde la década de 1980 de un modelo económico neoliberal supuso el abandono de políticas públicas orientadas a satisfacer las demandas de vida digna; lo cual, en ausencia de propuestas de articulación popular y comunitaria que contengan y redirijan este descontento, ya sea por el descrédito a la cual se han visto sometidas o por el rechazo a cualquier propuesta que vaya más allá del sálvese quien pueda, ha derivado en un escenario en el que el autoritarismo se ha vuelto una opción tentadora para buena parte de la ciudadanía.
Es importante recordar que este escenario no es propio de nuestro territorio. Desde hace décadas se ha alertado acerca de las limitaciones que tiene la democracia liberal-procedimental para abordar el conflicto y para contener la creciente desigualdad económica propiciada por un modelo que, amparándose en el discurso de la libertad, ha permitido la acumulación de fortunas obscenas en pocas manos, mientras que el resto tiene que vérselas batallando con un sistema que no brinda mayores oportunidades para tener una vida digna y que además, sostiene un discurso en el que la culpa por el fracaso recae en la persona y no en la estructura que genera esta situación.
Algunas personas han querido ver en esta coyuntura una repetición de lo acontecido a principios del siglo XX. Palabras como dictadura o fascismo vuelven a estar presentes en el lenguaje público cotidiano, provocando diversas reacciones, que pueden ir desde terror para quienes tenemos claro qué puede significar esto; hasta la risa o la burla en quienes encuentran en esta respuesta una exageración. Sin embargo, en lugar de discutir la pertinencia o el rigor detrás de estas comparaciones, tal vez haya que ir a un marco histórico de larga duración para comprender la magnitud de la amenaza que se cierne sobre el horizonte.
A lo largo de la historia de Occidente, la democracia como forma de gobierno ha sido considerada en general como mala o defectuosa. Más allá de las notables diferencias entre la democracia de los antiguos y la democracia de los modernos, el recelo contra los alcances de dotar de libertad y decisión a sectores más amplios de la población -recordemos que es hasta el siglo XX que las mujeres se consideran sujetos de derecho- permanece. Tal como nos lo recuerda Derrida en La razón del más fuerte, la democratización se acompaña de la pregunta de qué hacer con la libertad y de si es posible establecer un límite a su ejercicio.
A diferencia de propuestas monárquicas, dictatoriales o autoritarias, la democracia introduce una libertad de juego inédita, una promesa de respeto a la auto-determinación y a la decisión, promesa que es a su vez su propia amenaza. En ese sentido, es importante plantearse que es solo bajo una forma de gobierno democrática, que podemos discutir acerca de su anulación. En otras palabras, podemos elegir democráticamente ser no democráticos.
Esta característica, ausente en otras formas de gobierno, provoca un problema permanente e ineludible. Para Derrida, la democracia siempre ha sido suicida porque en su núcleo mismo se encuentran las condiciones para su destrucción. Cuando esta no cumple con las expectativas de la ciudadanía, en nombre de su defensa y utilizando las mismas herramientas que garantizan mínimos democráticos -libertad de expresión, pensamiento y reunión-, se pueden gestar enemigos internos sobre los cuales recae la culpa absoluta por sus fracasos. Esta operación, justificada en nombre de la democracia, por un lado, permite depositar en los otros, las causas, responsabilidades y culpas de la situación actual; mientras que por otro lado, permite eximirse de cualquier responsabilidad en el asunto. Al dividir el mundo entre inocentes y culpables, unos quedan protegidos y eximidos de su parte en el asunto, mientras que se justifica la persecución, eliminación y aniquilación de los aparentes culpables.
Basta con escuchar los discursos del oficialismo para constatar la fuerza de esta operación. Si en el pasado los partidos políticos eran corruptos, ellos no lo son, a pesar de las incontables denuncias y procesos penales abiertos contra sus principales figuras, comenzando por el presidente Chaves. Si en otro momento no debatir era interpretado como signo de cobardía, tal como le fue señalado a Figueres, ahora cuando es la candidata oficialista Fernández quien falta, es exaltado como signo de pureza. Si se señalan los desatinos o fracasos en la contención del crimen organizado y las sospechas fundadas de que existe un narcogobierno, el deterioro acelerado de los servicios de salud y educación, o la persecución política contra opositores o la prensa canalla; la maquinaria discursiva reacciona lanzando acusaciones orientadas a sustentar que el problema son los contrapesos democráticos. Llegados a este punto, es notable que la hoja de ruta está trazada. Experiencias en otras latitudes confirman que esta concentración de poderes es la antesala de una dictadura.
Ahora bien, estas contorsiones cognitivas orientadas a desconocer lo evidente se apuntalan sobre una economía afectiva. Sara Ahmed nos recuerda en La política cultural de las emociones que los afectos circulan y se intensifican a partir del contacto con otros. En esa línea, si en algo Chaves y su equipo han sido efectivos, ha sido convertir el enojo, la frustración, la ira y el dolor, en venganza. Ha construido una narrativa donde sus simpatizantes son las víctimas -en algún punto sí lo son- de un sistema dominado por los partidos políticos preexistentes y la prensa que no es afín, mientras que ellos aparecen como sus vengadores. Esta fórmula, propia del manual de un discurso populista que antecede a la destrucción de la democracia misma, no dice a viva voz que su objetivo es detonar cualquier contrapeso democrático y con esto perpetuarse en el poder; en contraposición, se presenta cómo sí su objetivo fuera, paradójicamente, la defensa de la democracia.
Así las cosas, el chavismo brinda una respuesta que atribuye y explica de forma simple los males del mundo y con esto, asigna una misión: se debe proteger al líder redentor y a sus secuaces de cualquier crítica. Aquí no se puede omitir cómo Freud en Psicología de las masas y análisis del yo, alumbra cómo estos procesos de identificación con una propuesta suponen operaciones psíquicas complejas, entre las cuales, está ubicar en el lugar del ideal del yo al líder. En consecuencia, esto desnuda el tipo de sociedad que hemos construido, una que habilita que buena parte de esta se identifique con el insulto, el matonismo y la misoginia.
Es claro que todo este escenario se ha visto catapultado por la presencia de algoritmos que privilegian la circulación del odio y la venganza en las redes sociales, porque esto produce más ganancia. Pero este no es el principal problema. Lo más grave es que los algoritmos imponen cercos informativos que generan que las personas naveguen sobre cajas de resonancia que solo les presentan la información que quieren ver, por lo que desmontar estas operaciones es y será una tarea titánica. En esa línea, convendría pensar cómo puede sobrevivir la democracia si los espacios deliberativos están controlados por algoritmos que producen realidades y que pueden retroalimentar bucles de interpretación alternativos funcionales a los intereses de quienes desean perpetuarse en el poder indefinidamente.
Tenemos que recordar que la llegada de la democracia moderna, con todas sus limitaciones, fue el resultado de cientos de años de luchas, sangre y dolor. Como experiencia histórica, si la miramos desde una perspectiva de larga duración, ha sido una excepción. Por consiguiente, históricamente es un arreglo político frágil. Solo reconociendo que la democracia es frágil y que en cualquier momento la podemos perder, es que podemos garantizar su permanencia.
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